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25 años siendo la banda sonora de tu vida. 25 años cerca de ti. 25 años dan para mucho. Ahora Radio. 25 años creciendo contigo.
Nos vamos a ir ya con Mente Sana, que por aquí tengo a mi compañero Jesús Molina. Aquí estamos de nuevo. De lunes. De lunes. A mí los lunes me gustan, porque me da ilusión venir aquí al programa, que estaba echando de menos. Se me entiende a la gente que le gustan los lunes. Sí, sí, me gustan. Antes no, ¿eh? Pero mira, a mí lo que me ponía cuando era niño, era pequeño...
Los domingos por la tarde cuando escuchaba, me parezco el carrocero deportivo. Mañana, lunes, que era el colegio. Eso me ponía más... Ya el lunes me acostumbraba. Pero el domingo por la noche me entraba una cosita. El domingo por la tarde digo, ya se ha ido el domingo, ya se ha ido el fin de semana. Y todo eso. Y se va rápido. Y se va rápido. Pero los lunes me gustan. Me gustan todos los días. Oye, vamos a hablar de sobrecarga emocional, Jesús. ¿Qué es esto?
Mira, yo siempre he defendido mucho la resiliencia, que se refiere a la capacidad de hacer frente, adaptarse, recuperarse de situaciones adversas, estresantes y traumáticas. Y esto puede manifestarse de diversas maneras en diferentes personas. Y por ello no todas las personas resilientes se ven iguales.
Así que es posible una combinación de características y comportamiento que en ocasiones evidencia el lado oscuro de la resiliencia. Y de eso vamos a hablar, del lado oscuro de la resiliencia, porque la resiliencia permite ver a las personas como fuertes y capaces.
Esto conlleva a que se confíen en las responsabilidades y cargas emocionales adicionales. Bueno, dejemos de romantizar la resiliencia. No eres más fuerte por aguantar más. Son las cosas rígidas las que se rompen. Las cosas flexibles no se rompen. Yo hoy tuve esa revelación por un amigo mío.
Y me pregunto, ¿por qué me ha costado tanto darme cuenta? Puedes desperdiciar muchos años de tu vida intentando convertirte en algo tan fuerte que no se rompa, pero las cosas flexibles son las que no se rompen y las cosas rígidas son las que se hacen añicos.
Así que a veces no queda más remedio que ser fuerte, pero a veces acabamos soportando lo interrelable, desgastándonos por dentro sin más razón que ese mandamiento de aguantar estoicamente contra viento y marea. Y hay eso, la resiliencia tóxica. Ser fuerte, nos decían nuestros padres. Ser resiliente, decimos nosotros. Y las palabras han cambiado por la esencia del mensaje eterno.
...que no es la misma que aguantar... ...y claro que a veces no queda más remedio que ser fuerte... ...pero a veces acabamos soportando lo intolerable... ...desgastándonos por dentro... ...sin más razón que ese mandamiento de aguantar estoicamente... ...contra viento y marea... ...y la resiliencia que es un concepto poderoso... ...pero mal entendido... ...la resiliencia está en boca de todo... ...el concepto ha saltado desde la psicología a la cultura popular...
convirtiéndose en una especie de alfa u omega, un superpoder útil para soportar los empates de una vida que no se nos antoja cada vez más caprichosa y caótica. Sin embargo, cuando nos imbuimos acríticamente, de manera irreflexiva, en una cultura que idolatra la resistencia y celebra al que siga adelante a pesar de todo, una cultura que piensa...
que quien carga la mochila más pesada y nunca se queja es el más fuerte y tenemos un problema a la vista y no es precisamente pequeño porque la verdadera fortaleza no radica en soportar lo insoportable sino en tener el coraje de decir basta y cambiar lo que tiene que ser cambiado o simplemente alejarse de lo que nos daña aguantar no es lo mismo que fortalecer la resiliencia es el proceso dinámico de adaptarse
En medio de la adversidad, implica por una parte que debemos exponernos a una situación particularmente difícil y por otra que tenemos la capacidad de alcanzar resultados positivos a pesar de las circunstancias o incluso gracias a ellas. Sin embargo, cada vez más estudios critican la tendencia de ver la resiliencia como una especie de invulnerabilidad y silenciosa, ignorando que muchas personas simplemente sobreviven sin estar bien.
o que no logran salir fortalecidos de esas experiencias dolorosas. O sea, resiliencia no es rebotar y seguir adelante, o pensar que somos fuertes porque aguantamos sin decir nada. Cuando asumimos que resistir es sinónimo de fortaleza, es más probable que soportemos, mejor dicho, situaciones que no deberíamos aguantar.
Y que resistamos sin límite, como si acumular cicatrices nos hiciera merecedores de algún tipo de medalla emocional. Y hay situaciones que no deberían ser toleradas. Y en estos casos, soportar lo insoportable puede convertirse en un acto de pasividad encubierta.
Nos va arrebatando nuestra autoeficiencia y, lejos de volvernos más fuertes, nos instala un estado de indefensión aprendida que succiona nuestra energía vital. Entonces la resiliencia se vuelve tóxica y acumular cicatrices no te hace un héroe, te convierte en un saco de boxeo. En el imaginario popular existe una visión heroica y romantizada de las heridas,
que se equiparan con nuestra fortaleza y, sin embargo, esa narrativa a menudo pasa por alto, un detalle crucial. La repetición del daño no siempre nos vuelve más resilientes, a veces solo nos traumatiza y nos deja más vulnerables o nos empuja a replegarnos en nosotros mismos, convirtiéndonos en personas cínicas, desconfiadas o amargadas. Y cada vez que ignoramos una señal que nos indica que algo no está bien, permitimos que el problema se perpetúe.
Y esa acumulación de cicatrices no es un trofeo de resistencia, sino más bien la señal de que estamos llevando demasiado peso sin darnos un respiro de que es hora de poner límites. Al romantizar la resiliencia, ya sean de todas esas noches sin dormir o el peso de cargarnos solos, en realidad estamos glorificando un desequilibrio y eso puede hacer que otros o nosotros mismos pensemos que aguantar
Sin quejarse es correcto, pero no es así, o al menos no siempre. La resistencia emocional sin descanso no es una virtud, es un mero mecanismo de supervivencia.
que acaba erosionando nuestra salud mental, y de hecho las investigaciones han comprobado que la resiliencia tóxica cronifica la postura de aguantar, lo cual acaba deteriorando la percepción de control y el sentido vital, y nos vuelve más propensos al bruno emocional, que es el estado de agotamiento afectivo, físico y mental.
Y una nueva narrativa para resiliencia, elegir hasta cuándo y cómo aguantar. Imaginemos por un segundo que la narrativa de la resiliencia no se enfoque solo en aguantar, sino en elegir. Que deje de ser un trofeo de cicatrices y se convierta en un acto de coherencia con nosotros mismos. Desde esa perspectiva, no es más resiliencia quien más soporta, sino quien más escucha y decide y actúa.
Y no es más resiliente quien cae más veces, sino el que más veces decide levantarse y toma medidas para no tropezar dos veces con la misma piedra. La clave radica en transformar la narrativa de la resiliencia tóxica en equipar la fuerza con aguantar en una resistencia realmente empoderada, que nos da fuerza para decidir y actuar en consecuencia. Y reconoce cuando...
¿Cuándo has aguantado demasiado? Hazte la pregunta, ¿estoy soportando porque realmente no tengo otra opción o porque me enseñaron que hay que aguantar?
El spoiler sería, a menudo seguimos resistiendo por simple inercia emocional, por miedo a excepcionar o por no admitir que algo nos duele más de lo que debería. Detectar este punto de saturación no es rendirse, es empezar a recuperar el control. Cuando lo reconoce, deja de ser víctima y puede elegir conscientemente cómo seguir adelante.
Distingue también la diferencia entre adaptarse y resignarse, porque adaptarse implica flexibilidad y movimiento. Resignarse es inmovilidad disfrazada de paciencia y de victimismo, ¿no? Me resigno, ¿no? La diferencia está en sus efectos, porque uno transforma y el otro apaga. La verdad es resiliencia es un proceso dinámico.
de interacción entre la persona y su entorno, no un simple aguantar sin quejarse. Por eso, ser resiliente no es soportar lo injusto, sino buscar nuevas formas de vivirlo o intentar dejarlo atrás. Da un paso, aunque sea pequeño, y no basta con mentalizarnos con que algo tiene que cambiar,
Tenemos que atrevernos a dar ese paso, aunque sea pequeño. Decir basta, no es un fracaso. Es una forma de autocuidado. De hecho, esa decisión puede requerir más coraje que todo el esfuerzo previo por resistir. Podría tratarse de poner fin a una relación que nos está drenando pedir ayuda profesional.
Modificar un hábito o simplemente dejar de decir sí cuando queremos decir no. Cada acción interrumpe el ciclo de la resistencia pasiva y no te propongas aguantar solo un poco más cuando ya has soportado bastante. El alivio comienza con el movimiento y no necesariamente cuando todo se soluciona. En definitiva, deberíamos dejar de romantizar al que se queda cuando todo lo empuja a irse y empezar a celebrar
al que decide cambiar, al que se respeta y al que se levanta o se retira con dignidad. Porque la verdadera fortaleza no está en resistir más lo que venga, sino en reconocer que incluso la resistencia tiene un límite. Y tú lo estás sintiendo, que lo estás reconociendo, que tal vez estés pensando en decir basta,
Debes saber que eso también es fuerza y valentía y merece que se reconozca. Y el mito del escudo emocional, querer que nadie puede dañarse sin tu consentimiento, ¿no? A pesar de sus buenas intenciones y su matiz aparentemente empoderador, lo cierto es que esas frases esconden una trampa. La idea de que todo lo que sentimos es exclusivamente nuestra responsabilidad.
Y eso, además de falso, puede ser psicológicamente devastador. El mito del escudo emocional es que nadie puede hacerte daño sin tu consentimiento. Bueno, esto dicen que es una frase de nadie puede hacerte daño sin tu consentimiento. Lo dijo que lo dijo Eleanor Roosevelt. O al menos suele atribuirse dichas palabras. Aunque en la era de las redes sociales y las frases integradoras...
se han desbordado en mil versiones que repetimos como si fuera un escudo emocional o una especie de fórmula mágica contra la ofensa y la herida. No le des a nadie el poder de hacerte sentir mal o no permitas que nadie te dañe. La ilusión de la invulnerabilidad y el mito del consentimiento emocional
Vivimos en una sociedad que sigue interpretando la vulnerabilidad como una debilidad y las emociones negativas como errores de gestión interna. Bajo esta lógica todo malestar se convierte en una lesión. Es como si nos dijera, si te afecta es porque quieres o porque lo permites. Y sin embargo esa idea es problemática porque por una parte libera al agresor de su responsabilidad y por otra...
cargas al herido con una culpa añadida. No solo te dañaron, sino que además dejaste que lo hiciera. Como resultado, muchas personas ni siquiera son capaces de validar el dolor. Y cuando se siente mal por cosas perfectamente comprensibles, como un abandono, una pérdida o una traición, piensa «no debería afectarme tanto» o «soy demasiado sensible».
Así caen en un proceso de autoinvalidación que implica deslegitimar las propias emociones convenciéndose de que no deberían existir. Quien se repite que nadie pueda hacerme sentir mal sin mi consentimiento corre el riesgo de desconectarse de su dolor, no escucharlo y no pedir ayuda. Y lo que no se siente no sana.
De esta forma, nace una forma silenciosa de autorreproche o inculpación, y no solo tenemos que cargar con el dolor de la herida, sino además con la sensación de culpa por habernos permitido ser frágiles y vulnerables, o simplemente por haber amado a nosotros.
o habernos entregado. Y por supuesto, la idea de que nadie puede dañarnos o hacernos sentir inferior sin nuestro consentimiento genera la sensación de control. Nos hace pensar que estamos al mando y que somos invulnerables.
Y nacida en una cultura que idolatra la autosuficiencia, promete que si somos los bastante fuertes nada podrá afectarnos y que el dolor solo entrará si dejamos la puerta abierta. Pero la vida no funciona así. No vivimos dentro de una burbuja blindada. Somos humanos, tenemos emociones, albergamos expectativas.
Entablamos relaciones y creamos vínculos, por lo que estamos continuamente expuestos a que los demás nos puedan lastimar. Nos afectan los gestos, las palabras y los silencios. No somos islas aisladas, sino personas permeables. Aceptar que las heridas forman parte de la vida.
El trauma, la humillación o el rechazo no piden permiso y no hay un contrato previo ni una cláusula de aceptación. De hecho, una parte del sufrimiento emocional proviene precisamente de esa imprevisibilidad. Nadie quiere que un amigo lo traicione cuando mal lo necesita, que un superior lo ridiculice o que lo ignore la persona a quien ama. Sin embargo...
Pretender escapar de las heridas, del desamor, la pérdida, la humillación o la indiferencia es una quimera. Y no hay humilidad posible sin aislamiento, pero aislarse es una manera de anestesiarnos que acaba emproveciendo la vida. Una alternativa más honesta a esta frase sería «No puedo evitar que me llenan, pero puedo aprender a curarme».
Y cada relación, ya sea de pareja, de amistad o laboral, extraña la posibilidad de ser herido de mil formas diferentes, algunas de las cuales incluso escapan de nuestro control, como la muerte de un ser querido o una alternativa más realista, aprender a absorber el golpe. En lugar de repetir mantras imposibles, podemos adoptar una visión más práctica. El daño es inevitable, pero manejable.
Y el objetivo no es brindarse, sino aprender a amortiguar su impacto. La madurez psicológica consiste precisamente en ser conscientes de que este vínculo conlleva ciertas dosis de vulnerabilidad. Comprender que podría doler, pero que tenemos la capacidad de recomponernos. ¿Y cómo lograrlo? Bueno, lo primero, distinguir este control y la responsabilidad. No podemos controlar lo que dicen o hacen los demás,
pero somos responsables de cómo nos cuidamos. No es lo mismo repetirnos, no voy a dejar que nada me afecte, que saber qué hacer cuando algo nos afecte y cómo podemos lidiarlo. Practicar la autocompasión. En vez de recriminarte, trata como te trataría a un amigo herido. No se trata de perdonar todo ni de justificar lo injustificable.
sino de acompañarnos con cariño y bondad mientras atravesamos ese momento difícil.
Transformar las heridas en autoconocimiento. Y el sufrimiento no siempre culmina con una epifanía existencial. Sin embargo, podemos evitar que nos defina. Podemos aprender de lo ocurrido y resignificarlo para impedir que el dolor nos destruya por dentro. Quizá ha llegado el momento de abrazar nuestra vulnerabilidad y mirar la vida de frente, asumiendo que no todo irá como nos gustaría y que no es culpa nuestra.
Asumiendo que muchas cosas escapan de nuestro control y que podemos salir aridos y mal parados, pero siendo conscientes de que la vida va precisamente de reconstruirse cada día, no de encerrarse en una burbuja por miedo a vivir. Aprende a reconocer tus límites. Reconoce cuándo es necesario buscar ayuda profesional como terapia o asesoramiento para abordar situaciones difíciles o superar traumas pasados.
Y un profesional aporta herramientas y el respaldo adicional para manejar mejor las dificultades. La resiliencia es distinta para cada persona porque puede manifestarse de diversas maneras en diferentes personas y no todas las personas resilientes se verán igual. Cada individuo tiene su propia combinación única de características y comportamiento resiliente.
Y la resistencia a la resiliencia saludable implica un equilibrio entre la capacidad de hacer frente y adaptarse y el cuidado de tu bienestar emocional y mental. Así que escucha tus necesidades, sea amable contigo y busca el apoyo adecuado cuando te haga falta.
desmintiendo mitos desde la residencia. Llevo una temporada que estoy desmintiendo muchas frases y muchos mitos. No quiero contradecirme, pero hay que ser realistas, ¿no?
que la sobrecarga emocional la llevamos muchas veces y esto de que nos han dicho de siempre tiene que ser fuerte tú puedes si te hacen daño es lo demás esto no es nada son tonterías tuyas tú sigue y venga ya que somos humanos que somos de carne y hueso y bueno tú puedes decir más yo no tengo nada que aportar a todo lo que has puesto sobre la mesa era un tema que tenía que sacar fuera también
Jesús, muchas gracias. A ti. Hasta la semana que viene. Adiós. Bueno, nos da tiempo a escuchar grandes canciones como una canción de esta que hay que asumir de vez en cuando, que todo tiene su fin. El tema del barrio, que a mí me encanta. Bueno, vamos a escuchar este de marzo, del barrio. Como te digo, todo tiene su fin. Mira cómo suena.
Siento que ya llega la hora que dentro de un momento te alejarás al fin. Quiero que tus ojos me miren y que siempre recuerden el amor que te di.
Pero quisiera que ese día, al recordar comprenda, todo esto que te di. Solo me queda la esperanza, que como el viento al humo, la parte ya da aquí.
Quiero quererme y no comprendo porque no ha sido así. Y es que me da igual a mí, ya nada me importa, todo tiene su fin.
Quisiera que se diga, al recortar comprenda, todo esto que te di. Solo me queda la esperanza, que como el viento al humo, la parte ya da.
Y es que me da igual a mí ya nada, nada me importa, todo tiene su fin.
que ya llegó y te da caras al fin yo quiero, yo quiero que tus ojos dime mi y recuerda el amor en amor en amor
Rumbo Guadalquivir. Un programa escrito y dirigido por Frank Rodríguez. Escúchanos en directo en Ahora Radio Gelbes 88.6 FM y suscríbete a nuestro canal de YouTube Sur Avante. Desde este río de historia y destino soñamos velas en el tiempo. Rumbo Guadalquivir. Cada viernes a partir de las 8 de la tarde.
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Así como el que no quiere la cosa, llegamos ya al final del programa de hoy. Yo te espero con más cositas mañana en la edición de martes de Helves en la Onda. Como siempre en directo, a partir de las 11 de la mañana, aquí en la 88.6 FM y también en nuestra web www.ahoraradiohelves.es. Que ya sabes que ahí tienes la escucha online, los podcasts y también la radio La Carta. Nada, que muchas gracias por estar ahí.
Nos vamos y te dejo con una maravillosa canción de estas que te levantan el ánimo. Se llama Go West. Gracias por estar ahí. Disfruta del lunes, aunque sea lunes. Mañana te espero aquí, en Gervés Arauda. Hasta mañana.